Gayarre, crónica de un final (2ª y última parte)
Antes de nada pediros a todos disculpas por el retraso en esta segunda entrega pero los cambios que los señores de "la coctelera" han realizado estos días me han impedido publicar "con normalidad" de ahí esta tardanza.
Centrándome ya en el presente "post" decir que la crónica que a continuación os traigo ha sido literalmente copiada de su original, no sin poco trabajo, y os comento esto porque he encontrado algunas erratas que en algunos casos he querido dejar así como expresiones y alguna que otra falta de ortografía tal y como aparecen, y que hoy no entenderíamos, pero hace casi ¡120 años! es posible que fuesen "más normales".
No olvidaros que estamos en el siglo XIX, concretamente en 1890 y por ello aunque sean muy sutiles, todavía existen pequeñas diferencias con el Español que conocemos hoy en día.
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6 de Enero de 1890
LA LARINGE DE GAYARRE
Los periodistas, como siempre, lo supieron muy pronto. Al cadaver del eminente tenor se le había extraido la laringe. Los médicos encargados de su embalsamiento habíamos practicado esta operación y post mortem; operación veradderamente dolorosa para nosotros, ya que no para el pobre cuerpo que, rígido y frio sobre el zinc de la mesa, esperaba que hiciéramos correr por todas sus arterias el líquido que había de conservarle incorrupto.
El público lo supo y nadie lo extrañó. En el simbolismo de la actividad del genio, la laringe de Gayarre bien podía colocarse junto al cerebro de Kant o el corazón de Fortuny. Tratándose del artista que había embelesado con la dulzura de su voz y conmovido con los acentos apasionados de su canto ¿qué más natural que conservar el órgano maravilloso que no volverá a sonar?
Después del último suspiro, solo queda el barro orgánico que un día moldeó la fuerza de la vida: vaso volcado y roto donde nadie encenderá ya el fuego que llameó hasta entonces.
Algunas horas más, y ni aún aquel barro fino quedará. Nuevas vidas harán de él su presa, y, sobre la materia muerta el trabajo de millonadas de séres diminutos continuará el torbellino del transformador movimiento que hacía pensar tan hondamente a Hamlet.
Y aunque es fuerza resignarse a esta dolorosa desaparición de todo lo que sobre la tierra caracterizó a un hombre, surge en nosotros, siempre que se deja resquicio a la rebelión del sentimiento, la protesta, silenciosa pero aireada, contra esta destrucción, contra este aniquilamiento fatal, inexorable y necesario de todo lo que fué visible en forma humana.
Embalsamar es una intentona de robo que pretendemos hacer a la muerte. Guardar una imagen querida en el lienzo o en el papel es una defensa contra el olvido. Amarnos, conservar lo que sabemos que está sentenciado, a no ser, y anhelamos reproducir, el perdido color de aquella envoltura corpórea que nada en el mundo volverá a modelar.
Y aún esto no nos basta. El cadáver, guardado artificialmente de la putrefacción ineludible, allá irá al fin y al cabo a acartonarse, en la obscuridad de una cripta: el retrato, que el tiempo ha de hacer borroso y pálido, llamará inútilmente en día lejano a las puertas del recuerdo. No, falta algo. Falta algo más cuando el sér que desaparece ha sido, por la tensión de su trabajo, por la amplitud de su generosa iniciativa, ó por la fuerza de su genio, algo sobre el nivel vulgar. Más difícil es entonces la resignación ante aquella irresistible fuerza que lo arrebata todo apagando primero la vista y destruyendo un poco más tarde el cuerpo: pero si la resignación es difícil, el consuelo nos parece imposible.
Aquel cadáver que se nos escapa algo ha de dejarnos que lo recuerde. Unas veces será el cerebro donde en calenturientas vigilias se engendró la idea o resplandeció prodigiosa la inspiración; acaso, otras, el corazón, musculosa entraña que la emoción espoleó en ocasiones críticas, en los segundos angustiosos del peligro, o en los momentos de las supremas crisis de la historia.
El cariño, la admiración, el culto a los grandes hombres tienen natural predilección por el órgano cuyo pasmoso trabajo dió relieve a su personalidad y gloria a su nombre. Acaso debería ser siempre el cerebro el órgano augusto que mereciera más que otro la religión del recuerdo y la atención del estudio, pero la especialidad en las manifestaciones del genio obliga a escoger muchas veces, más que el centro inspirador el instrumento admirable que dejó en la obra humana el reflejo de su actividad, por mas que con la vida se haya escapado el secreto de sus prodigios.
Tenía, pues, mas razón de ser la extirpación de la laringe que la conservación del cerebro de Gayarre. El deseo natural de la familia justificaba además la preferencia.
Había por parte, algo de artísticamente conmovedor en el deseo de guardar aquel instrumento humano, pobre capilla de cartílagos, cubiertos de rojiza mucosa, atados por las fuertes y nacaradas cintas de los ligamentos y movidos por músculos aunque pequeños, poderosos.
La idea, sí no me equivoco, fue del Dr. San Martin, y aprobada por todos nosotros obtenido el permiso de la familia, se practicó la operación. Tengo la seguridad de que mi amigo y compañero San Martín no habrá operado jamás en un vivo con la emoción que hacía temblar su mano en aquellos momentos.
La cabeza del cadáver tendida hacia atrás y al aire la barba clara, rubia, de diminutos pelos, tantas veces peinada coquetamente antes de pisar las tablas, le hacian salir hacia delante el robusto cuello y los anchurosos hombros.
La luz de las bugías daba un triste tono al desnudo perfil. Aquellos instantes fueron verdaderamente solemnes.
Cuando tuvimos entre las manos el delicado instrumento que con tanta pasión había vibrado en vida, nos pareció un sueño.
Examinamos todos con curiosidad y de primera intención la pequeña caja, de música, sabíamos que no se podían explicar las maravillas de una voz inimitable por la disposición anatómica de las cuerdas vocales, por la dureza o el grueso de los repliegues, por el ángulo mayor o menor de las dos láminas del cartílago roides que como fuerte escudo, resguarda el interior del seno donde la voz se hace y se modulan las notas; pero, a pesar de todo, la idea de que teníamos en las manos el portentoso instrumento que había hecho universal el nombre del oscuro herrero de Navarra, nos obligaba involuntariamente a buscar en su examen la explicación de sus triunfos. ¡Cómo si el instrumento, mudo y silencioso para siempre, pudiera decirnos, con sus escuetos datos anatómicos, de que modo el genio supo animarle y hacerle interprete de la pasión conmovedora, de la dulzura infinita y el de aquella música humana, jamás imitada por la cuerda y el metal!
La laringe de Gayarre no ofrece a primera vista caracteres extraordinarios, ni era posible que los ofreciera. La amplitud, la intensidad, el timbre, la belleza de una voz, no dependen solamente de la organización de la laringe ni de su modo de funcionar. ¿Acaso el ancho pulmón, como fuelle poderoso y los músculos que la respiración concurren , no contribuyen a darle su carácter? ¿No son la laringe, con su alta bóveda, la base de la lengua tan movible a voluntad; el velo mismo del paladar; la boca y la caja de resonancia, de las fosas nasales factores indispensables? En el examen de las funciones
de la vida humana, la complejidad de los elementos que a cada una de ellas contribuyen, es una cosa que no debe olvidarse.
A pesar de todo, la laringe es al fin y al cabo, el sitio donde la voz se produce al soplo vigoroso de los pulmones; pero ¿qué ha de decir de interés al ojo escrutador, y del fisiólogo, el pobre órgano muerto, que sirva para señalar el mecanismo admirable que daba carácter a aquellos matices de fonación, pocas veces iguales y jamás superados?
Todos los hombres hablan, todos podemos cantar. La voz y el canto, esa segunda voz del hombre como decía Roussean, son don precioso que caracteriza nuestra personalidad y del que todos podemos disponer. Todas las laringes, pues, están dispuestas para hablar y cantar, solo que hay quien lo hace como los cuervos, mientras otras consiguen hacerlo como los ángeles.
¿En qué consisten esas diferencias? El cerebro dará la inspiración de la frase artística y sabrá comunicar a la palabra el calor de la emoción, y a la melodía la salvaje fuerza de la ira o el delicado acento del amor, pero nada más. El instrumento, la laringe y sus accesorios, ejecutarán la música humana, según su constitución: una ligerísima, sutil y casi inapreciable desviación del tipo ordinario, convertirá la voz en canto, casi inverosímil por lo divino, allí donde el examen del anatema apenas encuentra datos que expliquen este portento.
Milímetros de más o menos en la hendidura triangular de la glotis; una abertura mayor o menor del ángulo que forman las dos láminas del tiroides; robustez inapreciable tratándose de músculos pequeños cuya contracción no puede medir dinamómetro alguno; cuestión de agilidad y rapidez; limpia tersura de una mucosa jamás irritada o soplo casi interminable de pulmones gigantescos y delicadas, y sensibles cuerdas capaces de vibrar ágil y correctamente miles de veces por segundo sin turbiedades que empañen la nota ni irregularidades que dificulten el paso de uno a otro registro; lengua educada, músculos domados y sometidos por la educación incesante y por un cerebro despierto que no admite protestas de incorreción o descuido; todo esto y algo mas, difícil de adivinar e imposible de inquirir, todo esto explica que dos laringes se parezcan y casi se confundan en la mano del anatómico y una de ellas apenas haya sabido hablar, mientras la otra haya hecho gozar con la dulzura de melodías divinas.
La laringe de Gayarre parece grande sin tener por ello un tamaño notable por su magnitud. Los músculos que concurrían a su función, los intrínsecos y los extrínsecos, desarrollados, fuertes, gruesos, poderosos, lo mismo que todos los del cuello robusto y los del pecho. Solo viendo aquel torax y recogiendo las medidas de sus diámetros se comprende como la voz del eminente tenor tenía aquella intensidad y aquella amplitud incomparables, que aun su canto dulcísimo y su registro de cabeza hacia llegar a los mas apartados lugares del teatro.
A mas del tamaño, lo que choca a primera vista es el agudo del ángulo saliente del cartílago tiroides, de esa prominencia llamada vulgarmente “manzana de Adan”, que en Gayarre no era sin embargo muy notada en vida por el tejido adiposo y por la configuración especial de su cuello y como por la configuración especial de su cuello y como la agudeza de este ángulo influye sobre la longitud de las cuerdas vocales y esta, naturalmente, sobre la extensión de la voz, yo no sé si esto podría ser verdaderamente útil para explicar algo a pesar de que no puede ser característico en las laringes de los que poseen voz de tenor (nombre que precisamente se debe a ser esta voz la medida intermedia de todas las voces y la gente que sostiene la melodía principal en los antiguos centros religiosos), el tener una gran longitud de las cuerdas; estando ésta por el contrario en razón directa de la gravedad forática.
Mas notable que este es aún la asimetría manifiesta y muy visible de la laringe; esto es la desigualdad ente sus dos mitades.
Empieza ya esta asimetría a echarse de ver en la epiglotis cuyo reborde libre es más alto y como guarnecido por una franja en su lado izquierdo; sigue luego notándose en el borde superior, sinuoso del cartílago tiroides, donde en su parte media hay una profunda e irregular escotadura, que se abre y se dirige también hacia la izquierda y abajo y, por último, se distingue en un detalle interior que llamó primeramente la atención a mi amigo el Dr. Cortezo quien lo hizo notar a San Martín, a Salazar y a mí. En el borde libre de la cuerda vocal inferior, también izquierda, y en su parte media precisamente en el sitio más delicadamente organizado y dispuesto de la laringe se distingue muy visiblemente y sin que deje lugar a duda, una eminencia convexa, irregularmente conformada, como si en aquel sitio la cuerda hubiera engrosado. Esto si que ni tiene una fácil interpretación. La ausencia completa de síntomas anteriormente no permite suponer la existencia de un tumorcillo en el borde de la cuerda. Gayarre no se había quejado jamás de ello. ¿Será esta ligerísima alteración en la forma del borde libre de esa cuerda un hecho de disposición natural? Entonces hay que confesar que jamás perjudicó a su voz.
La penúltima noche que cantó en el Real el gran tenor le oí el Don Giovanni. Estaba Gayarre visiblemente indispuesto. En las dos preciosas romanzas “Dalla sua pace la mia depende” e “Il nio tesoro intanto andate a consolar”, no era el Gayarre de siempre. Veíasele en la escena parado, frío, sin alma. Recuerdo bien que en el terceto de las máscaras, al contestar a Leporello la frase “grasie di tanto honori”, que corre sobre la melodía del famoso minuetto, más que un artista parecía un maniquí. ¿Qué le pasaba?
Ah! Bien pronto se vió.
Pocas noches después, la tremenda cosa; aquella que le torturaba cruelmente desde algún tiempo y amargaba su dicha; aquello que adivinaba, invisible, acercársele sin saber cuando ni como había de herirle; el sentirse de repente tocado en escena; el faltarle la voz; ¡a él! ¡a Gayarre! Al tenor incomparable, al favorito del arte de la música, de la gloria….. aquello llegó.
La pasión de ánimo que le atormentaba, según dicen sus amigos íntimos, tuvo ya una explicación.
Cantando “I pescatore di perle” fue a atacar una nota…. Y no pudo.
Los que estaban aquella noche en el teatro, dicen que no olvidarán jamás la expresión de su rostro. Los que cerca de él se hallaban, oyéronle suspirar con amargura infinita: ¡Esto se acabó!
Pocas horas antes de morir decía el pobre Julián a su amigo Cortezo, cuyas manos apenas abandonó en aquella noche tristísimo:
- Yo suelo llorar algunas veces…. Si ahora pudiera…. Eso me aliviaría…….
- ¿Cómo es posible que la laringe de Gayarre medida y pesada, estudiada y vuelta a estudiar, aún siendo como era el instrumento de su gloria, explique todo esto?
Dr. Amalio Gimeno

Gran Teatro del Liceo
