Cada año, desde 1913, se produce en la ciudad de Verona, situada en la región de Veneto, al norte de Italia, una singular peregrinación, protagonizada fundamentalmente por aficionados a la ópera y asimilados: su templo, la Arena, un monumental coliseo romano (el tercero en tamaño del país), construido en la primera mitad del siglo I, y que alberga todos los veranos uno de los más populares festivales operísticos del mundo.
Fue el tenor veronés Giovanni Zenatello quien primero vio las posibilidades de la Arena como escenario operístico. Convenció primero al empresario Ottone Rovato y después al director de orquesta Tullio Serafin, y el 10 de agosto de 1913 se ofreció, como homenaje a Giuseppe Verdi en el centenario de su nacimiento, «Aida». El propio Zenatello cantó el papel de Radamés junto a la mezzo barcelonesa María Gay, que poco después se convertiría en su mujer. Compositores como Giacomo Puccini o Pietro Mascagni estuvieron presentes en aquella primera representación, prólogo de un festival que se ha celebrado anualmente, con las lógicas interrupciones de los períodos bélicos, y que este año celebra su 84ª edición.

Pocos cantantes se han resistido al embrujo de la Arena de Verona, un coliseo de forma elíptica de 140 x 110 metros, que puede albergar más de 15.000 espectadores. En 1947, y gracias también al empuje de Giovanni Zenatello, debutó María Callas con «La Gioconda». Entre los españoles, Plácido Domingo, Montserrat Caballé, José Carreras o Jaime Aragall han probado también la excepcional acústica del recinto, que permite que los cantantes puedan ser oídos en todos sus rincones a pesar de encontrarse al aire libre y de la gran distancia existente entre el escenario y los espectadores más alejados.
La monumentalidad es una de las principales características de las producciones de la Arena de Verona. No es extraño, con un escenario de 47 metros de boca y 28 de profundidad (prácticamente la mitad de un campo de fútbol), que ofrece unas extraordinarias posibilidades a los escenógrafos y directores de escena.
Entre los más asiduos del festival veronés se encuentra Franco Zeffirelli, que firma este año tres de las cinco producciones programadas: «Aida», «Carmen» -donde cuenta, como es habitual, con la colaboración de la compañía española de El Camborio y Lucía Real- y «Madama Butterfly». Las otras dos son «Cavalleria Rusticana» y «Pagliacci» (en programa doble», dirigida escénicamente por el belga Gilbert Defló (con escenografía de William Orlandi); y «Tosca», que lleva la firma del argentino Hugo de Ana, bien conocido por el público español.
«Cavalleria rusticana» y «Pagliacci» han conformado la producción estrella de este año. Varias de sus funciones han estado protagonizadas por el tenor argentino José Cura, ganador del premio Zenatello al artista más destacado de la temporada pasada. Su voz, su vehemencia y su personalidad son perfectas para la Arena, que le ha acogido como uno de sus más queridos cantantes. Su triunfo tanto en el personaje de Turiddu («Cavalleria Rusticana») como en el de Canio («Pagliacci») fue extraordinario.
«Aida» es la ópera más representada en la historia de la Arena de Verona; dentro de unos días alcanzará las quinientas funciones, y desde principios de los ochenta se ha ofrecido prácticamente todos los años. Le siguen «Carmen» (167 representaciones hasta el pasado festival), «Nabucco» (146), «Turandot» (108) y «La traviata» (85); cinco obras proclives a la monumentalidad (aunque «Aida» sea, salvo en momentos puntuales, como el desfile de la victoria, casi una ópera de cámara), y que han permitido a los directores de escena y escenógrafos competir en medios y en espectacularidad.
A esta monumentalidad contribuyen también la orquesta, con más de ciento veinte profesores; el coro, compuesto este año por ciento sesenta y ocho cantantes; y el ballet, de cincuenta y ocho bailarines. Todo un reto para los directores de escena.
Medio millón de espectadores
Cada año, medio millón de «peregrinos» llegan hasta Verona para asistir a las representaciones operísticas. Italia y la vecina Alemania son sus principales procedencias. Desde finales de junio (este año la primera función se ofreció el día 24 de ese mes) hasta finales de agosto (el festival se clausurará con «Aida» el 27 de agosto), la ciudad se convierte en uno de los principales centros operísticos de Europa. Por la mañana, la Arena compite con el balcón de Julieta (en la casa donde, presuntamente, vivió la familia Cappello, que transformada en Capuletti sería una de las que inspiró a William Shakespeare su tragedia «Romeo y Julieta») como centro de peregrinación de los turistas que visitan Verona.
Pero al atardecer es la plaza Bra (donde se encuentra situado el coliseo) el único centro de peregrinación. Los cafés que pueblan la también monumental plaza empiezan a partir de las siete o siete y media a llenarse de público. En la Arena de Verona conviven muchas maneras de vestir: desde las sandalias a las pajaritas, desde el esmoquin al pantalón pirata; desde sofisticados trajes de noche a extravagantes camisetas. Los precios suelen ser los que determinan el vestuario. Las entradas más baratas cuestan diez euros; son las de los asientos más altos de la «gradinatta ridotta», y no están numeradas. Allí están los más madrugadores, que van pertrechados con sus bocadillos, sus bebidas. Hay quien, previsor, llega a la Arena con un cubo de plástico en la mano en el que sobresalen una manta (el clima da muchas sorpresas en este lugar y el frío puede aparecer de repente por la noche) y unos cojines para aliviar la dureza de las piedras. Las entradas más caras, las del sector conocido como «poltronissime», cuestan, en las representaciones de fin de semana, 157 euros.
Un rito
Si la ópera es ya de por sí un género con una liturgia muy marcada, en la Arena de Verona los ritos se multiplican. Comienzan ya fuera del recinto, donde se amontonan elementos escenográficos de las óperas que no están ese día en cartel y que no caben dentro del anfiteatro. Las esfinges de cartón piedra de «Aida» sobresalen de entre los demás decorados y junto a ella se fotografían curiosos y espectadores antes de entrar. Muy cerca, los coristas y los figurantes se maquillan a la vista del público. Tras el último «gong» que da uno de los figurantes y que determina el comienzo de la función, se encienden miles de velas, otro de los ritos de Verona, que convierte el recinto en un lugar mágico. La ópera comienza, y el fervor se une al silencio. El público de Verona es ardoroso y exaltado. No se cohibe a la hora de expresar su entusiasmo con aplausos, a veces destinados únicamente a un agudo o a una frase bien resuelta. El Do de pecho es aquí objeto de adoración, y por él peregrinan miles de personas.

Fuente: ABC