La Coctelera

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Yo, en la ¡¡¡ Scala !!!

Este puente de todos los santos me he ido cuatro días a Italia, concretamente a Milán y a Verona; a mis amistades les he hablado en general de las impresiones meramente turísticas y de otra índole que tuve en ambas ciudades, pero a vosotros admiradores del canto lírico como yo, os hablaré de otras sensaciones, de las sensaciones de estar en un lugar tan mágico y especial como es Milán y su “Scala”.

Mi pareja y yo decidimos visitar el teatro, el miércoles 1 que en Italia también es festivo, y que bien hicimos, todo el teatro y su museo era para nosotros solos; en la hora y pico que deambulé por el mismo, apenas entraron cinco personas más. Menudo contraste con el sábado día 4, nos quedamos a comer en un lugar cerca de uno de los laterales del teatro y desde allí observaba como aproximadamente cada diez minutos paraba un autobús del que descendían decenas de turistas ávidos de fotografiarse y conocer la “meca” de la lírica por excelencia, por supuesto ni que decir tiene que la gran mayoría de esos turistas eran, como no, japoneses.

Bueno vamos al tema; la verdad es que aun no había pisado el coliseo milanés cuando las emociones y sensaciones se me agolpaban y surgían a flor de piel, pensaba yo: “por aquí ha caminado el mismísimo Verdi, cuando ya era el genio consagrado de su tiempo, como antes de componer su primer gran triunfo para el teatro milanés con su tercera ópera, el Nabucco, antes de la cual y sumido en una enorme tristeza, y melancolía (Verdi en esa época tenía que sobreponerse a la muerte de sus dos hijos y además se le juntaba el echar de menos su vida de pueblo) no pensaba mas que en renunciar a por aquel entonces, una hipotética carrera como compositor e irse a hacerse cargo de sus empleos como organista en varios pueblos de su comarca natal.

Así mascullaba yo para mi, todas estas anécdotas y demás vivencias del genio de Buseto leídas y releídas en cuatro biografías diferentes de Verdi que a lo largo de los años he comprado y coleccionado y como no, recordando las imágenes y fotogramas de la serie que rodó hace mas de veinte años la RAI, y que televisión española y mas tarde alguna otra cadena han emitido; para los mas jóvenes decirles que desde hace poco mas de un año, la mencionada serie se encuentra ya disponible en DVD y merece la pena verla.
Pues eso, tantos conocimientos absorbidos durante años sobre el compositor de Buseto se agolpaban en mi y hacían que disfrutara de cada segundo, de cada objeto que veía.

Pude observar muchos de los retratos que en vida le hicieron a Verdi y aparecían en mis libros, su espineta, manuscritos originales etc… Y después te asomas desde uno de los palcos y observas la belleza de esa sala donde predomina el rojo carmín y te imaginas los éxitos y fracasos que muchos compositores e interpretes habían tenido ahí mismo a lo largo de los años (la única pega a la visita, lo mismo que sucede en algunos otros teatros y que para mi resulta incomprensible es que no te permiten hacer fotografías).

Bueno lo mejor estaba por llegar, como os decía al principio, en el museo éramos “cuatro gatos” y entonces de una simple consulta por mi parte, comenzó una agradabilísima conversación con un anciano que yo diría que está más cerca de la jubilación mas que de otra cosa por la edad que aparentaba y que atiende gentilmente y con gran amabilidad cualquier consulta que se le realiza en torno al teatro o al museo. Pues lo dicho, haciendo un pequeño esfuerzo ambos por entendernos en nuestras respectivas lenguas estuvimos hablando de Verdi, su música, el hombre que era, lo que representó para Italia, etc., etc.….. bueno, una gozada.
Ya de retirada si me dieron permiso para fotografiar algunos carteles de representaciones operísticas que habían han tenido lugar en el teatro y las cuales jalonan las escaleras de acceso a la planta donde se encuentra ubicado el museo del teatro.

Dos días después visité Verona y como no, aproveché para visitar “la arena” y observar en primera persona este coliseo romano donde desde hace años tiene lugar cada verano ese importante festival operístico.

Bueno amigos, no os aburro mas con mis andanzas, simplemente quería compartir con vosotros fieles amantes del mundo de la ópera estas vivencias que para el resto de los mortales seguramente resultan mucho mas insignificantes e insulsas.
Un abrazo a todos y hasta otro momento.

El teatro visto de noche desde la plaza del mismo nombre.

Aquí el "menda" apoyado en uno de los arcos de la fachada.

Y finalmente la Arena de Verona.

Fallece el barítono Thomas Stewart.

Paradójica muerte la de Thomas Stewart. El gran barítono estadounidense, que triunfó especialmente en los grandes roles wagnerianos, cayó fulminado a sus 80 años por un ataque al corazón mientras jugaba plácidamente al golf cerca de su casa, en Rockville, Maryland.

Su vida azarosa, con una infancia triste, pobre, infeliz y sin amigos, tomó derroteros singulares tras concluir sus estudios de canto en la Juilliard School de Nueva York.

Allí llamó la atención de todos por su musculosa voz baritonal y la fuerte impronta que imprimía a cuantos personajes operísticos abordaba.

Esas cualidades, junto a una técnica sólidamente forjada, fueron bazas que le llevaron a debutar en una representación promovida por la Juilliard School de la ópera 'Capriccio', de Richard Strauss.

Fue en 1954. Su interpretación del personaje de La Roche le valió el inmediato reconocimiento de todos. Chicago y luego Berlín, donde en 1958 fue contratado por la Deutsche Oper, fueron los caminos que le encumbraron como una de las voces baritonales más perfectas, dúctiles y hermosas en el ámbito del repertorio alemán.

Triunfó especialmente en el universo vocal wagneriano. Herbert von Karajan le quiso para su famoso registro del Anillo del Nibelungo con la Filarmónica de Berlín. Fue entre 1960 y 1975, además de un incisivo y ardoroso Wotan, un sobrecogedor holandés errante (llevado al disco bajo la dirección de Karl Böhm); el más efusivo Hans Sachs (referencial registro con Rafael Kubelik) y un emotivo e intensamente lírico Wolfram ('Tannhäuser').

Su repertorio fue tan inmenso como su vocalidad espaciosa y penetrante, de extensa y uniforme tesitura, más lírica que dramática. 'Dido y Eneas' (Purcell); 'Salomé' (Strauss); 'Don Giovanni' y 'La flauta mágica' (Mozart); 'Fidelio' (Beethoven) son óperas que se beneficiaron de las virtudes musicales y escénicas de Thomas Stewart.

Su insaciable curiosidad musical y rigurosa formación le llevaron a desenvolverse también con éxito en otros y muy diversos repertorios. En el ámbito de la música francesa triunfó en 'Cuentos Hoffman', 'Pelléas et Mélisande' y como vibrante 'Escamillo', rol con el que debutó en el Covent Garden de Londres, en 1960.

Fue un emotivo Evgueni Onieguin y un agudo Ford, de la ópera 'Falstaff', personaje con el que se presentó en el Metropolitan neoyorquino en 1966. El retraso de su debut en el más famoso teatro estadounidense se debió a su negativa a aceptar las escuálidas condiciones económicas que le ofrecía el teatro.

Finalmente, ante los irrebatibles éxitos de Stewart en Europa, el Metropolitan tuvo que ceder a sus exigencias pecuniarias y le ofreció un contrato de 300 dólares semanales, una cifra ciertamente desorbitada en los años 60.

Abierto a todo, y frente al conservadurismo de muchos de sus colegas, Stewart en absoluto hizo ascos a la música contemporánea. En EEUU estrenó 'Capriccio' de Strauss y 'Cardillac' de Hindemith, entre otros títulos del siglo XX.

Con su desaparición, se extingue una de las últimas voces verdaderamente de fuste en el universo baritonal. Un tiempo, una forma de cantar y de entender la ópera en que la música y su misterio emotivo eran protagonistas únicos.

Basta oír alguna de las muchas grabaciones de este octogenario que hace sólo unos días jugaba plácidamente al golf para cerciorarse de esa grandeza perdida. De alguna manera, con su muerte, muere también algo del mejor tiempo de la ópera.

Fuente: "El mundo"

Fragmento de "Porgy and Bess" durante una gala en el Metropolitan (1983) y compartiendo escenario con su mujer Evelyn Lear.

ALFREDO KRAUS, SIETE AÑOS DESPUÉS

Los siete años pasados desde el adiós de Alfredo Kraus (el 10 de septiembre de 1999) describen un proceso previsible: el agigantamiento de su legado y, por consecuencia, la sana mitificación de un arte del canto que ha tenido y tiene muchos seguidores. No es negativo el hecho de que ninguno alcance el nivel del maestro, pues lo que importa es la vigencia de un ideal contra el que nada pueden los estándares de menor cuantía. La masificación del espectáculo es buena en el sentido de la participación en un bien cultural de primera magnitud, y mala en su vertiente de mercado. La sobredemanda no apareja necesariamente una mejor oferta, sino rebajas en las calidades naturales, exigencias de estudio y criterios selectivos. Nunca se sabe si hay, en efecto, escasez de voces o demasía de mediocres encumbrados por intereses comerciales. Kraus ganó a pulso la condición de "único" a fuerza de prohibirse, no de prodigarse. La mayor parte de su excepcional carrera de más de cuarenta años estuvo marcada por el aura de acontecimiento de cada actuación, no por el encadenamiento lucrativo de rutinas y repeticiones. Los cantantes en activo que se distinguen por su ética profesional citan invariablemente el ejemplo de Kraus. Y son muchos, incluidos quienes practican otros repertorios, los que reconocen honestamente la superioridad del maestro en la inteligencia de una trayectoria que le permitió establecer los modelos de cuanto interpretaba.

La irradiación del ideal deriva de la extremada estilización y belleza de aquellas interpretaciones. Confluían, por tanto, en su arte, la sabiduría y la inspiración equilibradas en un cuatrinomio de valores indispensables: voz, técnica, expresión y carisma escénico. Histórica y estéticamente, es normal que la perfección adquiera perfiles de mito. Ya lo era en vida cuando le imitaban orgullosamente y sin disimulo, o cuando algunos de los verdaderamente grandes acudían a él sintiendo flaquear su integridad vocal y querenciosos del secreto de la permanente juventud. Un secreto que nuestro tenor explicaba con argumentos lógicos, pero que, como todo arte excelso, tenía un algo mágico tan fácil de transmitir como difícil de imitar.

Cabe afirmar que todos los actuales interesados en la lírica pudieron escuchar a Kraus en directo y conservan muy viva la memoria del artista. No estaba retirado, sino cantando admirablemente hasta unos meses antes de su muerte. Siete años son muy pocos para olvidar un canon de perfección. Pero cuando hayan pasado muchos más, seguirán los testimonios escritos, los análisis solventes y, sobre todo, las grabaciones que reflejan -aunque sea limitadamente- la luz original de aquella suprema cantabilidad.

Por suerte están saliendo registros inéditos, no comercializados antes por motivos diversos, y tomas en vivo que conservan buenas posibilidades de digitalización. Todo ello enriquece la materialidad del legado y llegará un día en que todos los teatros y salas de concierto visitados por Alfredo Kraus saquen a la luz cuanto de él conservan. Porque es evidente que el interés no decae, sino que crece en la asimilación de un estilo ganancioso con la perspectiva del tiempo y en comparación con lo que se escucha hoy y tal vez mañana si no se rescata el rigor del arte canoro.

Pero también deberían editarse las muchas clases magistrales que, por suerte, impartió Kraus en paralelo con su carrera de intérprete. Los grandes suelen diferir el ejercicio de sus dotes didácticas al momento en que se retiran de los escenarios. No las prodigan cuando siguen solicitados por todo el mundo -como era su caso- y saturan su agenda de contratos sin descanso. Kraus, que era extraordinariamente humano, acogedor y generoso -frente al injusto cliché de un carácter frío y distante-, quiso alternar el éxito propio con la preparación de otros para el éxito, actitud fundamental de la enseñanza como transmisión de algo que se renueva constantemente con la vida y la experiencia, no simple memoria de un tiempo ya congelado.

No menos necesaria es la también pendiente edición crítica de los estudios y análisis sobre la voz y la escuela del tenor, algunos de ellos muy serios y desarrollados en dialogo con él mismo. Ese conocimiento sistemático ayudaría a muchos -estudiantes, profesionales y melómanos- a implementar un método de indiscutible utilidad presente y largo porvenir, más allá del plano emocional en que gozamos de las grabaciones.

Siete años después, el mito Kraus mantiene parcelas desconocidas o presentidas fragmentariamente. Su canon, sin embargo, está vivo y preserva incalculables cargas de futuro. Amamos, sí, el arte de Kraus, pero debemos seguir estudiándolo porque su rendimiento cultural no se agota en la empatía del contacto acústico.

Fuente: Diario "La Provincia"

La Arena de Verona

Cada año, desde 1913, se produce en la ciudad de Verona, situada en la región de Veneto, al norte de Italia, una singular peregrinación, protagonizada fundamentalmente por aficionados a la ópera y asimilados: su templo, la Arena, un monumental coliseo romano (el tercero en tamaño del país), construido en la primera mitad del siglo I, y que alberga todos los veranos uno de los más populares festivales operísticos del mundo.
Fue el tenor veronés Giovanni Zenatello quien primero vio las posibilidades de la Arena como escenario operístico. Convenció primero al empresario Ottone Rovato y después al director de orquesta Tullio Serafin, y el 10 de agosto de 1913 se ofreció, como homenaje a Giuseppe Verdi en el centenario de su nacimiento, «Aida». El propio Zenatello cantó el papel de Radamés junto a la mezzo barcelonesa María Gay, que poco después se convertiría en su mujer. Compositores como Giacomo Puccini o Pietro Mascagni estuvieron presentes en aquella primera representación, prólogo de un festival que se ha celebrado anualmente, con las lógicas interrupciones de los períodos bélicos, y que este año celebra su 84ª edición.

Pocos cantantes se han resistido al embrujo de la Arena de Verona, un coliseo de forma elíptica de 140 x 110 metros, que puede albergar más de 15.000 espectadores. En 1947, y gracias también al empuje de Giovanni Zenatello, debutó María Callas con «La Gioconda». Entre los españoles, Plácido Domingo, Montserrat Caballé, José Carreras o Jaime Aragall han probado también la excepcional acústica del recinto, que permite que los cantantes puedan ser oídos en todos sus rincones a pesar de encontrarse al aire libre y de la gran distancia existente entre el escenario y los espectadores más alejados.
La monumentalidad es una de las principales características de las producciones de la Arena de Verona. No es extraño, con un escenario de 47 metros de boca y 28 de profundidad (prácticamente la mitad de un campo de fútbol), que ofrece unas extraordinarias posibilidades a los escenógrafos y directores de escena.
Entre los más asiduos del festival veronés se encuentra Franco Zeffirelli, que firma este año tres de las cinco producciones programadas: «Aida», «Carmen» -donde cuenta, como es habitual, con la colaboración de la compañía española de El Camborio y Lucía Real- y «Madama Butterfly». Las otras dos son «Cavalleria Rusticana» y «Pagliacci» (en programa doble», dirigida escénicamente por el belga Gilbert Defló (con escenografía de William Orlandi); y «Tosca», que lleva la firma del argentino Hugo de Ana, bien conocido por el público español.
«Cavalleria rusticana» y «Pagliacci» han conformado la producción estrella de este año. Varias de sus funciones han estado protagonizadas por el tenor argentino José Cura, ganador del premio Zenatello al artista más destacado de la temporada pasada. Su voz, su vehemencia y su personalidad son perfectas para la Arena, que le ha acogido como uno de sus más queridos cantantes. Su triunfo tanto en el personaje de Turiddu («Cavalleria Rusticana») como en el de Canio («Pagliacci») fue extraordinario.
«Aida» es la ópera más representada en la historia de la Arena de Verona; dentro de unos días alcanzará las quinientas funciones, y desde principios de los ochenta se ha ofrecido prácticamente todos los años. Le siguen «Carmen» (167 representaciones hasta el pasado festival), «Nabucco» (146), «Turandot» (108) y «La traviata» (85); cinco obras proclives a la monumentalidad (aunque «Aida» sea, salvo en momentos puntuales, como el desfile de la victoria, casi una ópera de cámara), y que han permitido a los directores de escena y escenógrafos competir en medios y en espectacularidad.
A esta monumentalidad contribuyen también la orquesta, con más de ciento veinte profesores; el coro, compuesto este año por ciento sesenta y ocho cantantes; y el ballet, de cincuenta y ocho bailarines. Todo un reto para los directores de escena.
Medio millón de espectadores
Cada año, medio millón de «peregrinos» llegan hasta Verona para asistir a las representaciones operísticas. Italia y la vecina Alemania son sus principales procedencias. Desde finales de junio (este año la primera función se ofreció el día 24 de ese mes) hasta finales de agosto (el festival se clausurará con «Aida» el 27 de agosto), la ciudad se convierte en uno de los principales centros operísticos de Europa. Por la mañana, la Arena compite con el balcón de Julieta (en la casa donde, presuntamente, vivió la familia Cappello, que transformada en Capuletti sería una de las que inspiró a William Shakespeare su tragedia «Romeo y Julieta») como centro de peregrinación de los turistas que visitan Verona.
Pero al atardecer es la plaza Bra (donde se encuentra situado el coliseo) el único centro de peregrinación. Los cafés que pueblan la también monumental plaza empiezan a partir de las siete o siete y media a llenarse de público. En la Arena de Verona conviven muchas maneras de vestir: desde las sandalias a las pajaritas, desde el esmoquin al pantalón pirata; desde sofisticados trajes de noche a extravagantes camisetas. Los precios suelen ser los que determinan el vestuario. Las entradas más baratas cuestan diez euros; son las de los asientos más altos de la «gradinatta ridotta», y no están numeradas. Allí están los más madrugadores, que van pertrechados con sus bocadillos, sus bebidas. Hay quien, previsor, llega a la Arena con un cubo de plástico en la mano en el que sobresalen una manta (el clima da muchas sorpresas en este lugar y el frío puede aparecer de repente por la noche) y unos cojines para aliviar la dureza de las piedras. Las entradas más caras, las del sector conocido como «poltronissime», cuestan, en las representaciones de fin de semana, 157 euros.
Un rito
Si la ópera es ya de por sí un género con una liturgia muy marcada, en la Arena de Verona los ritos se multiplican. Comienzan ya fuera del recinto, donde se amontonan elementos escenográficos de las óperas que no están ese día en cartel y que no caben dentro del anfiteatro. Las esfinges de cartón piedra de «Aida» sobresalen de entre los demás decorados y junto a ella se fotografían curiosos y espectadores antes de entrar. Muy cerca, los coristas y los figurantes se maquillan a la vista del público. Tras el último «gong» que da uno de los figurantes y que determina el comienzo de la función, se encienden miles de velas, otro de los ritos de Verona, que convierte el recinto en un lugar mágico. La ópera comienza, y el fervor se une al silencio. El público de Verona es ardoroso y exaltado. No se cohibe a la hora de expresar su entusiasmo con aplausos, a veces destinados únicamente a un agudo o a una frase bien resuelta. El Do de pecho es aquí objeto de adoración, y por él peregrinan miles de personas.

Fuente: ABC

La soprano alemana Elisabeth Schwarzkopf murió a los 90 años

La soprano alemana Elisabeth Schwarzkopf, una de las principales intérpretes de papeles de Mozart y Richard Strauss en el siglo XX, murió este jueves en la localidad de Schruns, en el oeste de Austria, a los 90 años de edad, informaron fuentes funerarias.

La cantante fue una de las sopranos más importantes de su época, junto con la griega María Callas y la española Victoria de los Angeles.

Schwarzkopf puso fin a su carrera operística en el año 1972 y dio su último concierto de canto lírico en 1979 en la ciudad suiza de Zurich.

Fuente: EFE

Particularmente hay una interpretación de la Schwarzkopf que siempre me ha parecido sublime y fue su manera de cantar los 4 últimos lieder de Richard Strauss; simplemente delicioso.

He aquí una pequeña muestra de su arte.

Jaume Aragall protagonizará el concierto de homenaje a Kraus

El tenor catalán Jaume Aragall protagonizará el 9 de noviembre un concierto en homenaje a Alfredo Kraus. El presidente de la Asociación Lírica Asturiana Alfredo Kraus, José Carlos González Abeledo, adelantó ayer esta noticia durante la firma del convenio con el Ayuntamiento de Oviedo para la celebración de un concierto de carácter anual en la capital como homenaje al tenor canario.

En el concierto, que tendrá lugar en el Auditorio, también participarán los ganadores del concurso de canto que lleva el nombre de Alfredo Kraus. Estos son la soprano Maribel Ortega y el barítono coreano Matteo Kung.

Mediante el acuerdo firmado ayer --se renovará automáticamente y tendrá carácter indefinido--, el consistorio contribuirá facilitando un espacio de manera gratuita para la celebración de los conciertos y procurará la participación de la Orquesta Sinfónica Ciudad de Oviedo.

RECONOCIMIENTO Para el concejal de Cultura, Alfonso Román López, estos conciertos no son otra cosa que una forma de "reconocimiento y de recuerdo" a Alfredo Kraus, "uno de los mejores tenores de todos los tiempos".

Por su parte, González Abeledo mostró su satisfacción por esta colaboración municipal que permitirá a la asociación "estar más tranquila" en el ámbito económico. "Esto nos permitirá ser más ambiciosos en la programación para traer grandes figuras" ya que, según explicó, para contratar a estos artistas es necesario estar en conversaciones con dos o tres años de antelación.

Asimismo, González Abeledo no quiso dejar pasar la oportunidad de explicar que el cometido de la asociación que preside es "honrar la memoria de Alfredo Kraus y ayudar a los jóvenes cantantes porque esa fue una parte importante de su vida".

También aseguró que la asociación lleva el nombre del tenor canario porque de todos los cantantes de prestigio fue el que más veces actuó en el Campoamor y por tanto siempre estuvo ligado a la temporada de ópera. Además, Oviedo fue la segunda ciudad donde más veces cantó.

Fuente: La voz de Asturias

El teatro Colón de Buenos Aires cierra para ser remodelado

El teatro Colón de la capital argentina, una joya arquitectónica de Latinoamérica, cerrará sus puertas en 2007 para remodelar su sala principal, en el marco de una gran restauración que trata de recuperar el brillo de aquel coliseo de la ópera, el ballet y la música clásica.

El próximo 31 de octubre, el bailarín argentino Iñaki Urlezaga, estrella del Royal Ballet de Londres, será el artista principal de la última función antes de la reforma, tras la cual se cerrará el telón por 14 meses.

La reapertura oficial está prevista para el 25 de mayo de 2008, cuando se cumpla el centenario del teatro, declarado Monumento Histórico Nacional de Argentina en 1989.

Para la ocasión se ofrecerá 'Aída' de Verdi, la misma ópera interpretada en su inauguración en 1908.

La restauración completa del teatro, la primera en 100 años, supone un total de 25 millones de dólares (19,7 millones de euros), financiados por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), informaron autoridades bonaerenses.

Los trabajos se iniciaron en 2001 pero aún falta la reforma de la sala principal, que incluye la retapización de sus cerca de 2.500 butacas, la recuperación de la araña, las luminarias y las molduras.

Del total de las 42 refacciones previstas en el plan, que incluye el techo, las fachadas, el interior y el entorno del teatro, "ya están listas 32", dijo la arquitecta Sonia Terreno, coordinadora del programa.

Respetuosa con las normas de los teatros clásicos de origen italiano y francés, la sala principal del Colón está desarrollada en forma de herradura, bordeada de palcos hasta el tercer piso, lo que favorece la acústica, que recibió elogios de grandes músicos y cantantes líricos del mundo.

Desde Enrique Caruso a Maria Callas o los más contemporáneos Alfredo Krauss, Monserrat Caballé, José Carreras, Luciano Pavarotti y Plácido Domingo fueron algunas de las voces que han sido aclamadas en el Colón en sus 100 años de historia, que han visto en su imponente escenario a bailarines como Anna Pavlova, Vaslav Nijinsky, Rufolf Nureyev o Maia Plissetskaya.

Entre los compositores más celebrados, visitaron el teatro Richard Strauss, Igor Stravinsky, Manuel de Falla, Arturo Toscanini, Zubin Mehta, Daniel Barenboim y Herbert von Karajan.
Fuente: Iblnews

T’amo qual s’ama un angelo

Aquí está la letra de la famosa aria de Gennaro perteneciente a la Lucrecia Borgia de Donizetti y que para bien de todos, nuestro querido Kraus recuperó.

Partir degg'io
Lo vuol Lucrezia,
Oh nome che ardor m'inspira
E insiem rispetto ed ira.
Si! partirò, ma pure questo core
D'un nuovo affetto palpitar io sento
E celarlo a me stesso invano io tento.

T'amo qual s'ama un angelo
Ch'ogni mio senso adora,
Come una vaga immagine
Che i foschi sogni indora,
T'amo gentil mio palpito,
Di te null'altro io so.

E t'amo per qual umile
D'amor, deh! Già cara.
Siccome il sol benefico
Che il primo amor destò.
T'amo per quanto un'anima
Ardente e amante il può.
T'amo qual s'ama un angelo, etc.