Como cierre de esta breve reseña dedicada a la memoria del gran Julian Gayarre aquí os dejo un breve apunte musical, se trata de una jota compuesta por Salvador Ruiz de Luna para la pelicula biográfica del tenor navarro, realizada por Kraus a finales de los años 50.
Esta pieza es una jota que lleva por título "Por mi puerta".
Categoría: Julian Gayarre
Antes de nada pediros a todos disculpas por el retraso en esta segunda entrega pero los cambios que los señores de "la coctelera" han realizado estos días me han impedido publicar "con normalidad" de ahí esta tardanza.
Centrándome ya en el presente "post" decir que la crónica que a continuación os traigo ha sido literalmente copiada de su original, no sin poco trabajo, y os comento esto porque he encontrado algunas erratas que en algunos casos he querido dejar así como expresiones y alguna que otra falta de ortografía tal y como aparecen, y que hoy no entenderíamos, pero hace casi ¡120 años! es posible que fuesen "más normales".
No olvidaros que estamos en el siglo XIX, concretamente en 1890 y por ello aunque sean muy sutiles, todavía existen pequeñas diferencias con el Español que conocemos hoy en día.
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6 de Enero de 1890
LA LARINGE DE GAYARRE
Los periodistas, como siempre, lo supieron muy pronto. Al cadaver del eminente tenor se le había extraido la laringe. Los médicos encargados de su embalsamiento habíamos practicado esta operación y post mortem; operación veradderamente dolorosa para nosotros, ya que no para el pobre cuerpo que, rígido y frio sobre el zinc de la mesa, esperaba que hiciéramos correr por todas sus arterias el líquido que había de conservarle incorrupto.
El público lo supo y nadie lo extrañó. En el simbolismo de la actividad del genio, la laringe de Gayarre bien podía colocarse junto al cerebro de Kant o el corazón de Fortuny. Tratándose del artista que había embelesado con la dulzura de su voz y conmovido con los acentos apasionados de su canto ¿qué más natural que conservar el órgano maravilloso que no volverá a sonar?
Después del último suspiro, solo queda el barro orgánico que un día moldeó la fuerza de la vida: vaso volcado y roto donde nadie encenderá ya el fuego que llameó hasta entonces.
Algunas horas más, y ni aún aquel barro fino quedará. Nuevas vidas harán de él su presa, y, sobre la materia muerta el trabajo de millonadas de séres diminutos continuará el torbellino del transformador movimiento que hacía pensar tan hondamente a Hamlet.
Y aunque es fuerza resignarse a esta dolorosa desaparición de todo lo que sobre la tierra caracterizó a un hombre, surge en nosotros, siempre que se deja resquicio a la rebelión del sentimiento, la protesta, silenciosa pero aireada, contra esta destrucción, contra este aniquilamiento fatal, inexorable y necesario de todo lo que fué visible en forma humana.
Embalsamar es una intentona de robo que pretendemos hacer a la muerte. Guardar una imagen querida en el lienzo o en el papel es una defensa contra el olvido. Amarnos, conservar lo que sabemos que está sentenciado, a no ser, y anhelamos reproducir, el perdido color de aquella envoltura corpórea que nada en el mundo volverá a modelar.
Y aún esto no nos basta. El cadáver, guardado artificialmente de la putrefacción ineludible, allá irá al fin y al cabo a acartonarse, en la obscuridad de una cripta: el retrato, que el tiempo ha de hacer borroso y pálido, llamará inútilmente en día lejano a las puertas del recuerdo. No, falta algo. Falta algo más cuando el sér que desaparece ha sido, por la tensión de su trabajo, por la amplitud de su generosa iniciativa, ó por la fuerza de su genio, algo sobre el nivel vulgar. Más difícil es entonces la resignación ante aquella irresistible fuerza que lo arrebata todo apagando primero la vista y destruyendo un poco más tarde el cuerpo: pero si la resignación es difícil, el consuelo nos parece imposible.
Aquel cadáver que se nos escapa algo ha de dejarnos que lo recuerde. Unas veces será el cerebro donde en calenturientas vigilias se engendró la idea o resplandeció prodigiosa la inspiración; acaso, otras, el corazón, musculosa entraña que la emoción espoleó en ocasiones críticas, en los segundos angustiosos del peligro, o en los momentos de las supremas crisis de la historia.
El cariño, la admiración, el culto a los grandes hombres tienen natural predilección por el órgano cuyo pasmoso trabajo dió relieve a su personalidad y gloria a su nombre. Acaso debería ser siempre el cerebro el órgano augusto que mereciera más que otro la religión del recuerdo y la atención del estudio, pero la especialidad en las manifestaciones del genio obliga a escoger muchas veces, más que el centro inspirador el instrumento admirable que dejó en la obra humana el reflejo de su actividad, por mas que con la vida se haya escapado el secreto de sus prodigios.
Tenía, pues, mas razón de ser la extirpación de la laringe que la conservación del cerebro de Gayarre. El deseo natural de la familia justificaba además la preferencia.
Había por parte, algo de artísticamente conmovedor en el deseo de guardar aquel instrumento humano, pobre capilla de cartílagos, cubiertos de rojiza mucosa, atados por las fuertes y nacaradas cintas de los ligamentos y movidos por músculos aunque pequeños, poderosos.
La idea, sí no me equivoco, fue del Dr. San Martin, y aprobada por todos nosotros obtenido el permiso de la familia, se practicó la operación. Tengo la seguridad de que mi amigo y compañero San Martín no habrá operado jamás en un vivo con la emoción que hacía temblar su mano en aquellos momentos.
La cabeza del cadáver tendida hacia atrás y al aire la barba clara, rubia, de diminutos pelos, tantas veces peinada coquetamente antes de pisar las tablas, le hacian salir hacia delante el robusto cuello y los anchurosos hombros.
La luz de las bugías daba un triste tono al desnudo perfil. Aquellos instantes fueron verdaderamente solemnes.
Cuando tuvimos entre las manos el delicado instrumento que con tanta pasión había vibrado en vida, nos pareció un sueño.
Examinamos todos con curiosidad y de primera intención la pequeña caja, de música, sabíamos que no se podían explicar las maravillas de una voz inimitable por la disposición anatómica de las cuerdas vocales, por la dureza o el grueso de los repliegues, por el ángulo mayor o menor de las dos láminas del cartílago roides que como fuerte escudo, resguarda el interior del seno donde la voz se hace y se modulan las notas; pero, a pesar de todo, la idea de que teníamos en las manos el portentoso instrumento que había hecho universal el nombre del oscuro herrero de Navarra, nos obligaba involuntariamente a buscar en su examen la explicación de sus triunfos. ¡Cómo si el instrumento, mudo y silencioso para siempre, pudiera decirnos, con sus escuetos datos anatómicos, de que modo el genio supo animarle y hacerle interprete de la pasión conmovedora, de la dulzura infinita y el de aquella música humana, jamás imitada por la cuerda y el metal!
La laringe de Gayarre no ofrece a primera vista caracteres extraordinarios, ni era posible que los ofreciera. La amplitud, la intensidad, el timbre, la belleza de una voz, no dependen solamente de la organización de la laringe ni de su modo de funcionar. ¿Acaso el ancho pulmón, como fuelle poderoso y los músculos que la respiración concurren , no contribuyen a darle su carácter? ¿No son la laringe, con su alta bóveda, la base de la lengua tan movible a voluntad; el velo mismo del paladar; la boca y la caja de resonancia, de las fosas nasales factores indispensables? En el examen de las funciones
de la vida humana, la complejidad de los elementos que a cada una de ellas contribuyen, es una cosa que no debe olvidarse.
A pesar de todo, la laringe es al fin y al cabo, el sitio donde la voz se produce al soplo vigoroso de los pulmones; pero ¿qué ha de decir de interés al ojo escrutador, y del fisiólogo, el pobre órgano muerto, que sirva para señalar el mecanismo admirable que daba carácter a aquellos matices de fonación, pocas veces iguales y jamás superados?
Todos los hombres hablan, todos podemos cantar. La voz y el canto, esa segunda voz del hombre como decía Roussean, son don precioso que caracteriza nuestra personalidad y del que todos podemos disponer. Todas las laringes, pues, están dispuestas para hablar y cantar, solo que hay quien lo hace como los cuervos, mientras otras consiguen hacerlo como los ángeles.
¿En qué consisten esas diferencias? El cerebro dará la inspiración de la frase artística y sabrá comunicar a la palabra el calor de la emoción, y a la melodía la salvaje fuerza de la ira o el delicado acento del amor, pero nada más. El instrumento, la laringe y sus accesorios, ejecutarán la música humana, según su constitución: una ligerísima, sutil y casi inapreciable desviación del tipo ordinario, convertirá la voz en canto, casi inverosímil por lo divino, allí donde el examen del anatema apenas encuentra datos que expliquen este portento.
Milímetros de más o menos en la hendidura triangular de la glotis; una abertura mayor o menor del ángulo que forman las dos láminas del tiroides; robustez inapreciable tratándose de músculos pequeños cuya contracción no puede medir dinamómetro alguno; cuestión de agilidad y rapidez; limpia tersura de una mucosa jamás irritada o soplo casi interminable de pulmones gigantescos y delicadas, y sensibles cuerdas capaces de vibrar ágil y correctamente miles de veces por segundo sin turbiedades que empañen la nota ni irregularidades que dificulten el paso de uno a otro registro; lengua educada, músculos domados y sometidos por la educación incesante y por un cerebro despierto que no admite protestas de incorreción o descuido; todo esto y algo mas, difícil de adivinar e imposible de inquirir, todo esto explica que dos laringes se parezcan y casi se confundan en la mano del anatómico y una de ellas apenas haya sabido hablar, mientras la otra haya hecho gozar con la dulzura de melodías divinas.
La laringe de Gayarre parece grande sin tener por ello un tamaño notable por su magnitud. Los músculos que concurrían a su función, los intrínsecos y los extrínsecos, desarrollados, fuertes, gruesos, poderosos, lo mismo que todos los del cuello robusto y los del pecho. Solo viendo aquel torax y recogiendo las medidas de sus diámetros se comprende como la voz del eminente tenor tenía aquella intensidad y aquella amplitud incomparables, que aun su canto dulcísimo y su registro de cabeza hacia llegar a los mas apartados lugares del teatro.
A mas del tamaño, lo que choca a primera vista es el agudo del ángulo saliente del cartílago tiroides, de esa prominencia llamada vulgarmente “manzana de Adan”, que en Gayarre no era sin embargo muy notada en vida por el tejido adiposo y por la configuración especial de su cuello y como por la configuración especial de su cuello y como la agudeza de este ángulo influye sobre la longitud de las cuerdas vocales y esta, naturalmente, sobre la extensión de la voz, yo no sé si esto podría ser verdaderamente útil para explicar algo a pesar de que no puede ser característico en las laringes de los que poseen voz de tenor (nombre que precisamente se debe a ser esta voz la medida intermedia de todas las voces y la gente que sostiene la melodía principal en los antiguos centros religiosos), el tener una gran longitud de las cuerdas; estando ésta por el contrario en razón directa de la gravedad forática.
Mas notable que este es aún la asimetría manifiesta y muy visible de la laringe; esto es la desigualdad ente sus dos mitades.
Empieza ya esta asimetría a echarse de ver en la epiglotis cuyo reborde libre es más alto y como guarnecido por una franja en su lado izquierdo; sigue luego notándose en el borde superior, sinuoso del cartílago tiroides, donde en su parte media hay una profunda e irregular escotadura, que se abre y se dirige también hacia la izquierda y abajo y, por último, se distingue en un detalle interior que llamó primeramente la atención a mi amigo el Dr. Cortezo quien lo hizo notar a San Martín, a Salazar y a mí. En el borde libre de la cuerda vocal inferior, también izquierda, y en su parte media precisamente en el sitio más delicadamente organizado y dispuesto de la laringe se distingue muy visiblemente y sin que deje lugar a duda, una eminencia convexa, irregularmente conformada, como si en aquel sitio la cuerda hubiera engrosado. Esto si que ni tiene una fácil interpretación. La ausencia completa de síntomas anteriormente no permite suponer la existencia de un tumorcillo en el borde de la cuerda. Gayarre no se había quejado jamás de ello. ¿Será esta ligerísima alteración en la forma del borde libre de esa cuerda un hecho de disposición natural? Entonces hay que confesar que jamás perjudicó a su voz.
La penúltima noche que cantó en el Real el gran tenor le oí el Don Giovanni. Estaba Gayarre visiblemente indispuesto. En las dos preciosas romanzas “Dalla sua pace la mia depende” e “Il nio tesoro intanto andate a consolar”, no era el Gayarre de siempre. Veíasele en la escena parado, frío, sin alma. Recuerdo bien que en el terceto de las máscaras, al contestar a Leporello la frase “grasie di tanto honori”, que corre sobre la melodía del famoso minuetto, más que un artista parecía un maniquí. ¿Qué le pasaba?
Ah! Bien pronto se vió.
Pocas noches después, la tremenda cosa; aquella que le torturaba cruelmente desde algún tiempo y amargaba su dicha; aquello que adivinaba, invisible, acercársele sin saber cuando ni como había de herirle; el sentirse de repente tocado en escena; el faltarle la voz; ¡a él! ¡a Gayarre! Al tenor incomparable, al favorito del arte de la música, de la gloria….. aquello llegó.
La pasión de ánimo que le atormentaba, según dicen sus amigos íntimos, tuvo ya una explicación.
Cantando “I pescatore di perle” fue a atacar una nota…. Y no pudo.
Los que estaban aquella noche en el teatro, dicen que no olvidarán jamás la expresión de su rostro. Los que cerca de él se hallaban, oyéronle suspirar con amargura infinita: ¡Esto se acabó!
Pocas horas antes de morir decía el pobre Julián a su amigo Cortezo, cuyas manos apenas abandonó en aquella noche tristísimo:
- Yo suelo llorar algunas veces…. Si ahora pudiera…. Eso me aliviaría…….
- ¿Cómo es posible que la laringe de Gayarre medida y pesada, estudiada y vuelta a estudiar, aún siendo como era el instrumento de su gloria, explique todo esto?
Dr. Amalio Gimeno
A raiz de la emisión por televisión de la película "Gayarre" hace ya muchos años y protagonizada por Alfredo Kraus fue como llegó a mi el conocimiento de que una vez hubo un pastor allá por el pirineo navarro que con el paso de los años llegaría a convertirse en el mejor tenor del mundo de su época.
Algunos años después ante la necesidad de conocer más cosas acerca de este eminente tenor decidí pasar por la hemeroteca del diario decano de la prensa española, el Faro de Vigo con el fin de averiguar si se había escrito alguna crónica al final de los días del insigne cantante.
La investigación fue fructífera y lo que encontré fueron las crónicas que se enviaron desde Madrid para narrar los sucedido en aquellos días finales de Gayarre.
Hace ahora cuatro años en el verano del 2003 durante unas vacaciones por Navarra decidí pasarme por el pueblo del Roncal para conocer en primera persona aquellos parajes donde se había forjado la leyenda del gran artista. Conocí su pueblo natal encuadrado en el hermoso valle del roncal, el mausoleo donde se guardan sus restos y la casa museo donde la música que ambienta el recinto está compuesta por una selección de arias interpretadas por Alfredo Kraus.
Os recomiendo que si en alguna ocasión y por cercanía os es posible no dejéis de visitar dichos lugares.
A continuación os transcribo "tal cual" en dos partes, aquellas crónicas que "cayeron" en mis manos y que quiero compartir con todos vosotros ya que me parecen muy interesantes además de tener un valor histórico incuestionable. Espero que os guste.
-3 de ENERO de 1890-
"******* EN CASA DE GAYARRE *******"
Tanta era la gente que pretendía ver el cadaver del insigne tenor, que anoche colocaron un inspector de orden público y dos parejas de seguridad para impedir la entrada a todo el que no fuera de la familia.
El cadaver estaba en una cama contigua a la que murió esperando el momento en que los médicos habían de practicar el embalsamiento.
Esta operación se practicó a la madrugada en presencia del subdelegado de Medicina y de los profesires Sres. San Martín, Salazar, Cortezo y Gimeno. Antes se practicó la estirpación de la laringe, de aquella laringe privilegiada que hizo en Gayarre el rey de los tenores.
Los referidos médicos tomaron datos de antropometría y recogieron detalles interesantes referentes a distintas medidas del craneo y de la capacidad pulmonar.
La laringe ha quedado en poder del Dr. Cortizo para su preparación conveniente y para su examen.
Mi querido amigo el Dr. Gimeno me ha prometido un interesante artículo para el Faro, que remitiré mañana.
Después del embalsamiento, el cadaver fué vestido de frac y encerrado en tres cajas, de la que la exterior era una verdadera obra de arte; el feretro de puso encima de una magnífica cama imperial, rodeado de profusión de luces.
Durante la mañana, han estado en la casa del insigne tenor muchos personajes.
"******* EL ENTIERRO *******"
A las dos y media de la tarde, la plaza de oriente con ser tan grande no podía contener más gente.
Encima de los bancos del paseo, encaramados en los pedestales de las estátuas, en las ramas los árboles, en los balcones, en todas partes había seres deseosos de rendir el último testimonio de admiración y de cariño al que como artista llevó el nombre de España en todas partes a una altura envidiable.
Dos parejas de la Guardia Civil mandados por un cabo procuraban a duras penas dejar un claro entre las gente enfrente de la casa mortuoria. Constantemente llegaban a ella comisiones de de centros musicales y artísticos con magníficas coronas.
La subida a la casa no se franqueaba a nadie: el ministro de Gracia y Justicia tuvo que darse a conocer para que le abrieran paso.
A las tres y cuarto apareció el cadaver del gran Gayarre por el portal de la casa, conducido el feretro por los sepultureros. En el mismo momento comenzó a nevar copiosamente. Esto no fué obstáculo para que todo el gentio que invadía la plaza se descubriera respetuosamente y formara sordo rumor; las frases que se repetían de unos a otros ¡Ahí está Gayarre! ¡Pobre Gayarre! Muchas señoras se llevaban los pañuelos a los ojos, preñados de lágrimas.
Apenas se puso en marcha el cortejo fúnebre, una oleada inmensa de gente se unió al acompañamiento oficial, arrolando casi a los que formaban en la presidencia del duelo. Era el pueblo de Madrid, personas de todas las clases y condiciones que después de haber aplaudido delirantes en la escena a Gayarre, no querían separarse de él hasta el último momento. Era el sufragio del pueblo que una vez mas proclamaba rey de los tenores al infortunado Gayarre.
Presidieron el duelo los Sres. Echeverria (canónigo) Gayarre (Valentin, sobrino del finado) Sorio y Castelar, el cual modestamente rehusó el puesto principal en el cortejo.
Las cintas las llevaban los Sres. Arrieta, Barbieri, Carmona, Bayo, Millan, Sanchiz, Zapatero, Zapata, Marconi y Daban.
Al llegar el cortejo fúnebre al conservatorio, las alumnas, desde los balcones, arrojaron coronas y hojas de laurel. En el gran vestíbulo del teatro Real estaba formada la orquesta dirigida por el maestro Mancenelli y los coros de dicho teatro. Al penetrar en el vestíbulo el carro fúnebre, la orquesta tocó el preludio del cuarto acto de la "Favorita", y con los coros la gran marcha fúnebre de Chopin. El acto era imponente y a muchas personas se le arrasaron los ojos en lágrimas. Siguió después la comitiva por las calles señaladas en el itinerario, llenas de gente, y a las cinco se depositaba el féretro en el furgón que había de conducirle a Pamplona y de este punto al pueblo del Roncal.
Más que de la crisis se ha ocupado el pueblo de Madrid del entierro de Gayarre. La muchedumbre que había en las calles era tanto mas numerosa, si se tiene en cuenta que el día era crudísimo, que ha estado nevando toda la tarde y que reina en Madrid verdadera epidemia de pulmonías; nada de esto ha arredrado a este pueblo generoso, que al honrar a un artista insigne, se honra a si propio.
El corresponsal.
Hoy os traigo una página entrañable de la vida de Kraus. Corría el año 1.958 y le ofrecen la posibilidad de realizar una película sobre la vida del gran tenor navarro, Julían Gayarre.
Gayarre como Nadir en Los pescadores de perlas
Kraus accede y de este modo hace su primera incursión en el mundo cinematográfico; la película que fue bien acogida por el público, propició que dos años después Kraus realizara su segunda película "El vagabundo y la estrella".
En la que nos ocupa, el encargado de la banda sonora fue Salvador Ruiz de Luna quién compuso para la ocasión este "Zortico" que tan bien ejecuta Kraus con su voz joven, fresca, cristalina...
Así pues, aquí queda esta nota nostálgica dedicada a dos de los mas grandes cantantes que ha dado nuestra historia.
Tumba de Gayarre en su pueblo natal
A pesar de que la toma de sonido no sea muy buena, aquí tenemos un breve fragmento de una de las dos películas que Kraus llegó a realizar en sus primeros años.
Concretamente este fragmento en el que interpreta L'elisir d'amore pertenece a la película "Gayarre" en la cual recrea a modo biográfico la vida del famoso tenor roncalés Julian Gayarre.
Esta primera incursión en el cine de Kraus le propiciaría una gran popularidad a nuestro querido "canario" y esto unido a la buena acogida entre el público, de la película hizo que inmediatamente varios productores de la época se interesaran en la persona de Kraus para hacer una nueva película.
Esta segunda aparición cinematográfica tendría lugar al año siguiente en un largometraje titulado "El vagabundo y la estrella". Y esta sería toda la aportación de Kraus al mundo del celuloide.
He aquí como Kraus aborda la dificilísima aria "Je crois entendre encore" cantándola "a tono" y que ya hiciera famosa en su día nuestro legendario "Julian Gayarre".
No es bajo mi punto de vista la mejor versión que le he oido al maestro pero aquí el aliciente esta en verlo cantar en directo en un programa especial de televisión donde desde luego tampoco se dan las mejores condiciones para llevar a cabo esta empresa.
Un saludo y gracias a mi querido amigo "GreekCallas" por haber vuelto a "colgar" este video que había desaparecido.

